

La leyenda tiene como escenario la población de la
Loma de González (Hoy municipio del Cesar) y el Cerro de la
Horca, en la ciudad de Ocaña. Leonelda era una joven
hechicera de la tribu Búrbura, a quien la Santa
Inquisición condeno a muerte debido a " sus practicas de
hechicería” y tener a todos los pueblos
circunvecinos de convertirlos, un día cualquiera, en
infectas lagunas de aguas letales. La rebelde mujer es conducida a
Ocaña, y ya casi a punto de cumplirse la
ejecución, lanza un imponente grito:
¡Aquí de los Búrburas!
Y como llamados ante un conjuro misterioso, brotan de todas
partes los indómitos nativos que después de
asaetear a la soldadesca y colgar a su jefe, parten con Leonelda hacia
sus reductos inexpugnables.
Para el pueblo ocañero, Leonelda representa la altivez, el
orgullo aborigen y el principio libertario de su raza. Su historia ha
dado lugar a numerosos escritos literarios, poemas, obras teatrales y
piezas musicales, que prolongan en el alma popular su
existencia.
Como vestuario utiliza un sencillo sayo hecho de algodón, y
va acompañada de un piquete de soldados españoles
vestidos a la usanza de la época. Comentarios de
Don
Gabriel Angel Páez Téllez
LEONELDA
LA BRUJA LEGENDARIA
Por
GUIDO PÉREZ ARÉVALO
"Leonelda no pasaba de 26 años, y su cuerpo era esbelto y su porte gentil, pese a su evidente condición campesina. En el bello rostro de color aceituno y de trazos casi perfectos, brillábanle con fuego misterioso unos grandes ojos negros...".
Nació,
creció y seguramente deambula todavía en las afueras de Burgama,
hoy González, un pequeño municipio colgado en las goteras de Ocaña,
pero agregado a la geografía del Departamento del Cesar. Leonelda
compartió su adolescencia con María Antonia Mandona, María
Pérez, María de Mora y María del Carmen, en un rancho escondido
en mágico paraje de la cordillera. Allí, entre entre ruidos exóticos
y aquelarres espantosos, las cuatro Marías y Leonelda, prepararon menjurjes
maravillosos para devolver el amor perdido, quitar y poner el mal de ojo, y comprometer
la voluntad de los despistados. Su fama creció como la espuma
y se fue con el viento por aquellas regiones ariscas hasta cuando la Iglesia puso
el grito en el cielo y las autoridades se vieron obligadas a cazarlas como a conejos
entre los breñales de los indios búrburas.
Las pruebas
de su superchería aparecieron generosas en todos los rincones de su rancho,
en forma de huesos y huevos de sapo, hierbas maléficas y toda suerte de
talismanes. Del monte bajaron aturdidas y magulladas por los bolillos
furiosos de los gendarmes. En las polvorientas calles del pueblo, en lugar de
comiseración, recibieron ultrajes de los escandalizados feligreses y maldiciones
de las viejas beatas, apostadas en todas las ventanas.
Finalmente, "con cepo, grillos, cadenas en los muslos y en las manos y soga en el pescuezo pararon en la cárcel de la aldea". La sentencia no se demoró porque el temor de los terribles maleficios pudo más que la disposición que obligaba al Alcalde de Burgama a consultar su decisión con las autoridades virreinales de Santa Fe. Esa misma noche, la del 5 de septiembre de 1763, María Mandona, en su condición de hechicera mayor, fue colgada de un árbol para purgar sus pecados y los de sus compañeras de andanzas. Muerta la Mandona, sus discípulas, movidas por el afán de la venganza, reanudaron las prácticas diabólicas y se convirtieron en el terror de la región.
Doce años habían corrido desde aquellos acontecimientos cuando Leonelda Hernández fue capturada para purgar una condena del Tribunal del Santo Oficio. Se le acusaba de persistir en la hechicería y de haber dado muerte a su marido Juan de la Trinidad. Gozaba de fama de guerrera y aladeaba de poderes sobrenaturales, con los cuales tenía en vilo la vida de los lugareños, que no eran pocos, pues su magia había trascendido las fronteras de los búrburas.
Los hombres de la Santa Inquisición armaron el aparato del suplicio en El Alto del Hatillo, conocido ahora como Cerro de la Horca. Al despuntar el día, el verdugo rodeó con la soga el hermoso cuello de la bruja y se dispuso a correr el nudo mortal.
¡Aquí
de los búrburas! gritó ella, con el último aliento.
Y éstos, que la habían seguido sigilosamente, aparecieron como
por ensalmo. El jefe ocupó el espacio macabro reservado para el precioso
cuerpo de la bruja legendaria y los demás captores fueron pasados a cuchillo. Doscientos
años más tarde, Leonelda regresó al paisaje comarcano. Su
cuerpo aceituno, reencarnado en una preciosa dama de la sociedad ocañera,
cumple su rito anual durante las fiestas de enero, bajo la mirada procelosa de
Don Antón García de Bonilla.
Ahí va, en el Desfile
de los Genitores, el ingenioso espectáculo del folklore de la Provincia
de Ocaña, seguida por esclavos, romeros y amasonas, entre vítores
y alegre algarabía, mientras crece el poder de sus encantos. Ciro
A. Osorio, autor de la leyenda terrígena que hace posible este ejercicio
singular, la había preservado como símbolo de belleza hasta cuando
los concejales, en una sesión de pesadilla, decidieron quebrar el ensueño
y subieron al pedestal de la risa a una figura rechoncha y mulata que no corresponde
a la evocación de la Leonelda sensual y tentadora.
¡Aquí
de los búrburas! repetimos ahora los hijos de la Provincia, en una invocación
que pretende desatar el conjuro de los párrafos y los incisos de un Acuerdo
del Concejo Municipal.
Tomado
del libro "Barriletes" de Guido Pérez Arévalo
(Se
refiere a la escultura levantada en el Parque de San Agustín, de Ocaña).